jueves, 4 de marzo de 2010

De escritura, agenciamientos y paisajes

“A veces da la impresión de que el artista, sólo es un azar en su época…cuando aparece, la naturaleza que jamás salta, da un salto único, y es un salto de alegría, porque siente que por primera vez ha llegado a la meta, al punto en el que comprende que jugando con la vida y con el devenir ha llegado a vérselas con algo importante”.

Friedrich Nietzsche


Virginia Wolf pertenece a aquel grupo de escritores por los que Deleuze se desliza para explicar la idea de huida en la literatura.
“Thomas Hardy, Melville, Stevenson, Virginia Wolf, Thomas Wolfe, Lawrence, Fitzgerald, Miller, Kerouac. En ellos todo es huida, devenir, paso, demonio, relación con el exterior.”
Los saltos de una época a la otra, la manera en que lo sublime aparece a afirmar la vida, hacen que Virginia Wolf tenga un lugar especial en esa lista de escritores en la que Deleuze recomienza, entra y sale cada vez que los recorre.
“Dios sabe por qué la amamos tanto, por que la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida.”

Sin embargo, Deleuze plantea que el deseo que habita en la literatura, como proceso de producción creativo, es una operación ambigua, ya que allí en la línea de fuga también podemos encontrar todo aquello de lo que huimos.
La línea de fuga tiene sus peligros. Al igual que el cuerpo sin órganos, incluso la muerte es una posible estación en el trazo de la misma.

“Qué hacer para que la línea de fuga no se confunda con un puro y simple movimiento de autodestrucción, el alcoholismo de Fitzgerald, el desánimo de Lawrence, el suicidio de Virginia Wolf, el triste fin de Kerouac? La literatura angloamericana está atravesada por un oscuro proceso de demolición que arrastra consigo al escritor,¿una muerte feliz? Los peligros que se corren, la paciencia y las preocupaciones que hay que tomarse, las rectificaciones que constantemente hay que hacer para librarla de las arenas y de los agujeros negros: eso solo puede aprenderse en la misma línea, al mismo tiempo que se traza. No se puede prever. Una verdadera ruptura puede alargarse en el tiempo, no tiene nada que ver con un corte demasiado significante, constantemente tiene que ser protegida no sólo contra sus falsas apariencias, sino también contra sí misma y contra las reterritorializaciones que la acechan.”

Escribir es delirar. Bailar entre huecos y surcos. Tambalearse entre intervalos dibujando líneas creadoras. Y la creación, encanto y estilo, dan a la vida una fuerza no personal, superior a los individuos, brindando a la escritura un fin exterior que desborda lo escrito. “En realidad se trata de lo mismo: si la escritura no tiene su finalidad en sí misma es precisamente porque la vida no es algo personal. La única finalidad de la escritura es la vida, a través de las combinaciones que saca.”

La escritura se conjuga siempre con otra cosa q es su propio devenir. No hay ningún agenciamiento que funcione a partir de un único flujo.
Así Virginia Wolf, a partir de la escritura, abre un camino de múltiples entradas. Creación, intensidad mutante. Agenciamiento sin identidades, ni pasado ni futuro. Sólo líneas de fuga que se entrecruzan.

Deleuze plantea que “sólo se escribe por amor, toda escritura es una carta de amor: la real-literatur. Sólo se debería morir por amor y no de una muerte trágica. Sólo se debería escribir por esa muerte, o dejar de escribir por ese amor, o continuar escribiendo por ambas cosas a la vez”.
Virginia Wolf le escribe al amor, a su paisaje preferido, Leonard, antes de morir. “No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.”
En aquella línea de fuga, el amor rebasaba; mientras que en otra, la misma vida se desterritorializaba, terminando con ella.
Virginia Wolf fue la mejor combinación que pudo ser, lo que su potencia le permitió. Ella partió, evadió, jugó y bailó por líneas, por entre medio. Virginia Wolf logró huir, y con ella, la cifra de su propia combinación: un devenir-mujer, un devenir-escritor. Una tirada de dados y múltiples líneas creadoras que posibilitaron nuevas armas, nuevos comienzos.

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